SAN JOSÉ DE NAZARET


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Nazaret es el pueblo más grande de la tierra, por más que Natanael preguntase un día con asombro si de Nazaret podía salir algo bueno. De Nazaret ha salido lo mejor para la humanidad.  Nunca tan pocos hicieron tanto por todos los hombres: Jesús, María y José.

San José era descendiente del rey David. Pero se parecía a uno de esos nobles empobrecidos, que había perdido toda su hacienda y no ostentaba en su escudo más que un serrucho y una garlopa.

Era pobre, como su esposa. Dios no quiso quitarles la gloria de ganar el pan con el sudor de su frente.

Muy poco sabemos de su vida. Ignoramos el día de su nacimiento y el día de su muerte.

A pesar de ello, estamos seguros de que fue la muerte más feliz del mundo, porque le asistieron Jesús y María.

De su vida nos regala el Evangelio  cuatro o cinco renglones. No conservamos ninguna palabra suya. Debía ser muy silencioso.

Nunca preguntó a los impertinentes ángeles que le rompían el sueño, por qué tenía que ir a Belén a esa hora, por qué debía huir a Egipto, por qué Dios le había metido en aquellos líos.

Simplemente obedecía. Porque era “justo”. Éste es el apelativo que la Escritura le atribuye. Es decir, era un santo, según nuestro lenguaje.

Un auténtico santo, tallado según el Evangelio, un discípulo aventajado de dos grandes maestros: Jesús y María.

Me imagino los apuros del pobre san José al tener que mandar en casa, sabiendo que su esposa le superaba tanto y que Jesús les superaba a los dos, pero sobre todo a él.

En su humildad debía sentirse algunas veces como un “intruso” en aquella maravillosa familia.

Pero tenía que ver con admiración y sobresalto que Jesús le obedecía con la mayor perfección.

No es tan fácil mandar a Dios. Me imagino que en el cielo alguna vez habrá pedido perdón por haber mandado  tan poco bien.

Ya dijimos que el Evangelio  poco nos ha querido contar de la vida de san José. Pero eso poco nos declara abiertamente lo mucho que practicaba virtudes como la humildad, la obediencia, la fe, la castidad.

Virtudes que le asemejan mucho a María y a Jesús, pero que ofrecen poco atractivo a la gente de nuestro tiempo.

Así, que sintiéndolo mucho, san José, hoy no estás de moda, estás un poco desfasado en su opinión.

Podías haber sido diferente, más brillante; podías habernos enseñado una santidad mas horizontal, más de nuestro gusto.

Debías haber sabido que la obediencia destruye la personalidad, la fe achica la inteligencia, la humildad disminuye las propias cualidades y la castidad es contra la naturaleza.

Tu, en cambio, sigues voluntariamente el celibato, interpretas la Escritura sin exégesis científica, dices que sí a todo como un bendito, por más que en tu vida y en la de tu esposa hay algunos episodios que merecen una explicación.

San José respondería humilde pero firmemente, que lo único que le apena es no haber copiado más perfectamente a sus modelos. Y en cuanto a la perfectísima castidad de mi esposa “he sido el primero en creerla y constatarla, y doy mi palabra de honor de que yerran miserablemente todos los que afirman lo contrario, aunque se crean muy sabios”.

Queremos que nos enseñes la verdadera santidad. Tienes la ventaja de no ser teólogo, ni escritor, ni director. Así no puedes deslumbrar con tu ciencia, o con tu oratoria o tu sociología.

Se comienza por la humildad de la que nos diste tan magistral ejemplo. Los nazaretanos te llamaban el carpintero, pero eras más, mucho más, como María era mucho más que la Sra. María y Jesús no era solo el hijo del artesano.

Pero a ti no te gustaba deslumbrar a nadie, te gustaba la sombra, el olvido, cumplir sencillamente  la faena diaria y dejar a Dios las rentas. Y tu vida escondida ha sido un cumplimiento de las palabras proféticas de Jesús: “El que se humilla será ensalzado.”

Hoy nadie quiere bajar, reconocer, sujetarse, y por eso tantos fracasos, caídas, derrumbamientos: Los cedros del Líbano se desploman,

            En tu  vida resalta  también otra virtud, hoy en crisis, la fe. Tú creías, San José. Tú fuiste el primero que creiste en la virginidad de  de la Madre de Dios, y en la divinidad de Jesús. Y tuviste atormentadoras crisis de fe. No fue fácil. Y dichoso porque creíste, porque Dios te hizo el honor más grande que podía hacer a un hombre. Podías haber dicho al ángel  que te explicaba el próximo nacimiento del Mesías por obra del Espíritu Santo que era un cuento piadoso, como algún  exegeta modernísimo ha dicho, tras enrevesadas elucubraciones. Pero tú creíste, porque eras justo, y el justo vive de la fe.

Hoy se cree poco, porque hay pocos justos. Hay crisis de fe porque hay crisis de santidad,

Otra virtud hoy vilipendiada es la castidad, una virtud  tan tiernamente amada en la familia de Nazaret, formada por tres vírgenes. ¿Es que en Nazaret no se amaba? Porque hoy se dice que el celibato es una mortaja del amor, una virtud inhumana, que hace al hombre infeliz etc. A la hora de elegir, ¿con quién nos quedamos? ¿Con los que defienden tales teorías o contigo, con María, con Jesús que vivisteis la castidad por amor?

Pero hay una virtud que hoy ha sido arrojada al bote de la basura: su solo nombre inspira en muchos horror, desprecio y malestar. Se llama obediencia. La literatura caricaturesca y mordaz contra la obediencia es inmensa.

Pero tantos litros de tinta no podrán  borrar aquella sencilla frase de san Pablo: Obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Con ella no inventó nada san Pablo sino que resumió los cuatro evangelios.

Tú también obedecías: Recibe a María en tu casa. Huye a Egipto. Torna a Palestina. Cuida de esta familia.  Esto duró hasta tu muerte bendita.

Fuiste un esposo feliz, porque fuiste  fiel a Dios y fiel a tu esposa. Así lo son todos los esposos que son fieles a Dios y fieles a su esposa.

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